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Articulo escrito por: Pedro Ferrandis @BrianCoen2

Tipo: Cuestionando

Los circos



LOS CIRCOS

Esta mañana he estado en un acto de protesta contra la utilización de animales en los circos, organizado por AnimaNaturalis.org . El acto ha consistido en formar una fila frente a la entrada del circo con una serie de carteles que muestran animales de circo enjaulados o haciendo piruetas, y rotulados con frases del tipo “Los animales no son payasos” o “Los circos son esclavitud”. Dos veces a lo largo de la concentración se ha leído un manifiesto dando voz a un animal, como si uno de ellos explicara en primera persona la naturaleza de sus torturas, lo que supone el encierro, la mala alimentación, los trastornos de conducta… Se trata de un acto chocante, un acto dirigido a que los espectadores reflexionen acerca de la cara B de lo que están a punto de ver. Que se planteen que hay seres que viven en el infierno para que ellos estén un sábado entretenidos.

Durante la hora que estuvimos ahí, todo tipo de espectadores posaron sus ojos en nosotros. Parejas de adolescentes que nos miraban con desprecio por encima del hombro, pagados de ir a disfrutar de un espectáculo que nosotros aborrecemos. Abuelos que, perteneciendo a otra generación, no pueden comprender por qué protestamos. “Los animales siempre han estado a nuestro servicio, si queremos secuestrarlos y separarlos de su entorno para que hagan volteretas al restallar de nuestro látigo, nada nos lo puede impedir, ¿no?”. Padres que ocultan a sus hijos tras ellos, intentando evitar las preguntas incómodas que puedan surgir, como la del niño que le ha preguntado a su madre: “¿Esos qué hacen ahí?”, a lo que la madre responde: “Pues que no les gustan los circos”.

Y mientras observo este ir y venir pasa una niña. Es una niña de unos siete años, prácticamente arrastrada de la mano de su madre (está a punto de empezar la función) mientras ella mira hacia atrás y no pierde de vista los carteles que un extraño grupo de gente sostiene frente a ella. Una expresión de incomprensión infinita se dibuja en su cara.

La puedo imaginar en su casa unas horas antes, vistiéndose para la mañana del sábado, pues va a ir nada menos que al circo. Sus padres le están contando lo bien que se lo va a pasar, los gigantescos elefantes que va a contemplar, los feroces tigres que van a obedecer al valiente domador, las divertidas focas que tomarán el pelo a los payasos, los camellos, las cebras, los gorilas… Un desfile de preciosas criaturas que va a tener lugar frente a sus todavía inocentes ojos. Cada palabra de sus padres hace que se le hinche el pecho de la emoción. Salen de casa y suben al coche para dirigirse a su cita con las fieras que lleva esperando toda la semana. Durante el trayecto, los padres siguen alimentando la emoción, pues quieren que éste sea un día especial para su pequeña:

- ¿Y cuál es tu animal favorito? – Pregunta la madre. - ¿Cuál tienes más ganas de ver?

- ¡El león! – Contesta ella. - ¿Podré acariciarle la melena?

- ¡No! – Dice el padre entre risas. – Es un animal muy peligroso. Lo podrás ver todo lo que quieras, pero no nos dejarán acercarnos.

- ¿Y cómo lo hacen para que no se coma a los payasos? – Pregunta ella preocupada con esa lógica que sólo los niños poseen.

- No se puede comer a los payasos porque está en una jaula. Así no hay peligro de que le haga daño a alguien.

- ¿Está en una jaula? ¿Es que ha sido malo y por eso le han castigado?

En ese momento los padres cambian de tema. “¡Mira, ahí está el circo!” dirán con ilusión cuando divisen la punta de la carpa a la vez que evitan explicar a su hija por qué está cumpliendo cadena perpetua un animal inocente.

Bajan del coche y caminan hacia la taquilla, el padre buscando la cartera para sacar tres entradas y la madre llevando a su hija de la mano para que no ande rezagada. Y de repente se encuentran con algo inesperado. Un grupo de personas sostienen unos carteles con fotos de animales tristes. Un elefante encadenado, una amazona a lomos de una jirafa, un león (su león) enjaulado… Todos ellos tristes, cansados, sufriendo. No entiende bien lo que pone en los rótulos, aún es muy pequeña para entenderlo todo. Coge palabras sueltas como “esclavitud”, “sufrimiento”, “enjaulado”. Palabras feas, cuyo significado no capta muy bien pero que suenan desagradables, nada que ver con lo que ella cree que es el circo. En medio de todos ellos hay una chica con un megáfono leyendo algo. Habla como si fuera un animal, y dice que la separaron a la fuerza de su familia y la obligan a hacer piruetas, y si no las hace le dan con el látigo. La niña, ahora está horrorizada sólo de pensar cómo estaría ella si la separan por la fuerza de sus padres. Ahora no sabe si le apetece ver un espectáculo protagonizado por unos seres que lo hacen sólo porque tienen miedo. Unos ojos puros, todavía inocentes y desorientados, se clavan en nosotros; mientras una mano (la mano que más quiere en el mundo) la conduce hacia un lugar que hace un minuto se le antojaba el más feliz del mundo. Ahora este mundo se tambalea. Ahora duda.

 

 

(Fotografia realizada por Raúl Gullón)

 

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