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Articulo escrito por: Diego Ortega @guito_rmo

Tipo: Psicología

La montaña rusa de mi vida




Sandra creció siendo una niña deseada, a la que nunca le faltó de nada y feliz, muy feliz. La relación con sus padres, hermanos y resto de la familia era inmejorable, sus notas siempre fueron brillantes y jamás tuvo problemas para socializarse debido a su carácter dicharachero y abierto.

Pasó su adolescencia con ese baile hormonal típico que todos sufrimos, salió de fiesta como todos, probó el tabaco, el alcohol y algunas drogas como algunos, tuvo sus “novietes” y sus primeras penas y alegrías en eso del amor pero, en definitiva, podríamos decir que tuvo una adolescencia de lo más común.

Luego, acabó su carrera y por una serie de circunstancias que no sabe concretar (quizá las compañías, quizá las ganas de reexperimentar cosas del pasado, quizá su momento vital, quizá todo esto junto...) Sandra, comienza a consumir “Cannabis” (porros) de una manera esporádica al principio y más continua después. Durante esa época tuvo la “mala suerte” de engancharse (que no enamorarse) de un chico consumidor de cocaína y al final sucumbió a ella no más de una, dos o tres veces. Fueron las suficientes para que Sandra empezara a comportarse de una manera cada vez más inusual y diferente. Poco a poco se convirtió en una persona cada día más desconocida tanto para los suyos como para ella misma.

Siempre había sido una chica independiente y segura de si misma y, de repente, se convirtió en alguien llena de miedos a la que los más mínimos problemas superaban y sumían en la tristeza más absoluta. Para olvidarse de sus propios fantasmas, empezó a vivir en una espiral destructiva en la que los porros y el alcohol, los guiños a desconocidos que empezaban en una discoteca y acababan en su cama y las juergas continuas y permanentes, la hacían vivir en un mundo paralelo que mostró su peor cara el día que se vio sola, de noche, paseando por la calle, en pijama, descalza y anotando los números de las matrículas de los coches en una pequeña libreta porque pensaba que la seguían con la intención de hacerle algo.

Tras la intervención de la policía y la ambulancia que acabó en un ingreso urgente en la planta de psiquiatría de un hospital cualquiera y con el miedo atroz de que un episodio psicótico o una esquizofrenia hubiera llamado a su puerta, Sandra y los suyos respiraron más o menos tranquilos cuando el diagnóstico final del psiquiatra fue el de “trastorno bipolar” que si bien puede llegar a ser una enfermedad muy grave y que lleva al límite la capacidad física y psicológica tanto de quién la padece como de sus más allegados, no es menos cierto que controlada, permite llevar una vida absolutamente normal. Sandra, de hecho, hoy es feliz y lleva una vida ordenada y perfectamente orientada con sus recaídas sí (ya que en este al igual que en el resto de los trastornos mentales nadie dijo que fuera fácil) pero siempre con ganas de continuar y seguir.

¿Qué es? Aunque es cierto que por definición el trastorno bipolar se caracteriza por episodios alternantes, recurrentes y que se extienden a lo largo de la vida de oscilaciones en el estado de ánimo caracterizadas por fases de manía, hipomanía o mixtas que generalmente se alternan con episodios depresivos, esto no implica estar continuamente en un polo u otro. Muchos pacientes incluso llegan (con medicación, terapia psicológica, apoyo social, vida con hábitos saludables...) a una eutimia que les permite tener un estado anímico perfectamente equilibrado y alejado de los episodios de manía y/o depresión.

Es este un trastorno relativamente frecuente y que supone una gran carga global para el paciente, afectando a su calidad de vida, funcionamiento cotidiano, educación, trabajo, relaciones familiares y sociales… ya que a pesar de que mucha gente lo asocia exclusivamente al estado de ánimo, estamos ante una enfermedad mental que sí, evidentemente afecta al ánimo de la persona que lo sufre pero también a sus cogniciones y conductas. Así, se ven comprometidos igualmente el humor, el nivel de energía, el juicio racional, la memoria, la concentración, al apetito e incluso al deseo sexual que oscilan de poco a mucho en función del polo predominante que en ese momento manifieste la enfermedad. Por eso, es importante atender de forma especial tanto a las épocas más bajas en las que predominan la tristeza, la inhibición y las ideas de muerte como a las más altas caracterizadas por la exaltación, la euforia y la grandiosidad ya que ambas fases son igualmente problemáticas y peligrosas por razones diversas y pueden acabar en el peor de los escenarios: El suicidio.

¿Cómo se origina? Pues si bien aunque todavía queda mucho camino por recorrer para descubrir la etiología o las causas de los trastornos mentales, en el caso del trastorno bipolar, se cree que los acontecimientos ambientales adversos pueden incidir en la aparición y posterior recaída del mismo teniendo evidentemente una vulnerabilidad genética preestablecida. Estos acontecimientos vitales (económicos, sociales, familiares...) producirán desadaptación social o distress psicológico que junto con los cambios del ritmo sueño-vigilia y del abuso del alcohol y otras drogas pueden desencadenar el trastorno así como afectar de una manera altamente significativa a su curso y su recuperación.

¿Cómo se trata? No existe ninguna receta mágica para estos casos ya que cada paciente es un mundo y hay una enorme variabilidad en la forma de presentación del trastorno puesto que es tremendamente raro encontrarnos con pacientes bipolares puros (o de libro) siendo por tanto terriblemente alta la comorbilidad con otros trastornos mentales. Y si a esto le sumamos que estos pacientes tienen un riesgo mayor que el resto de la población general de padecer hipertensión, obesidad, enfermedades pulmonares, migraña, infección por virus de la inmunodeficiencia humana (VIH)… es lógico esperarse un tratamiento totalmente integral basado sobre todo en psicofármacos para tratar las fases agudas tanto maníacas como depresivas y la profilaxis con estabilizadores del estado de ánimo (tratamiento psiquiátrico), intervenciones psicosociales globales (tratamiento psicológico) así como tratamientos médicos si el paciente manifiesta alguna enfermedad que requiera de atención médica especializada.  


Dicen que una despedida es necesaria para volver a reencontrarse así que un servidor ya se despide por hoy no con un adiós sino con un hasta la próxima. Mientras… ¡sean felices!




* Fotografía extraída de “La Vanguardia”


 

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