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Articulo escrito por: Diego Ortega @guito_rmo

Tipo: Psicología

El dolor como maestro para crecer




Han pasado ya dos largos años desde aquel fatídico 24 de Julio de 2013 y me parece un buen momento para reflexionar acerca de la manera de afrontar un hecho tan traumático como atroz. Dice el refranero popular que el pueblo unido jamás será vencido, que la gente "se crece" ante la adversidad y saca fuerzas de donde no las tiene... y, un poquito de todo eso es lo que se puede sacar de “positivo” del descarrilamiento de ese tren Alvia procedente de Madrid que truncó la vida, los sueños, las ilusiones... a un sinfín de familias a escasos kilómetros de Santiago de Compostela.

Las primeras noticias de ese 24J fueron muy confusas pero a poco a poco los medios (sobre todo las radios y la TVG) y las redes sociales fueron intentando arrojar un poco de luz a este macabro suceso. Hablo aquí de las redes puesto que aunque a veces están muy denostadas, en este caso ayudaron y mucho. A través de Twitter, por ejemplo, se difundió muy rápidamente la necesidad de donación de sangre y los puntos habilitados para ello, se conoció que fallaban las líneas telefónicas y se hizo un llamamiento a todas las personas de Santiago para que abrieran sus redes wifi para facilitar las comunicaciones, se retwitearon una y otra vez los teléfonos de atención a familiares... Y es que las redes, usadas con cabeza, no son tan malas como algunos piensan y a mí al menos me sirvieron para estar al día de la noticia, para informar a los demás en la medida de lo posible y para sentirme un poco más arropado en ese océano de muerte, destrucción, confusión, pena...

Asimismo, a pesar de solidarizarme por supuesto con las víctimas y sus familias a las que evidentemente y aún pasado el tiempo no olvidamos, quiero que este humilde escrito sirva, sobre todo, para agradecer a toda la gente que colaboró y ayudó para que este desastre no fuera mayor:

A esos vecinos que fueron los primeros que aún arriesgando sus vidas se lanzaron a las vías olvidándose de ellos mismos.

A esos cuerpos y fuerzas de seguridad del estado que trabajaron sin descanso coordinando el dispositivo y ayudando en la medida de lo posible.

A esos bomberos que aún estando en otra ciudad o incluso en huelga no dudaron en acudir a la zona cero a socorrer a las víctimas.

A esos médicos, enfermeros, celadores... a los que no les importó ni doblar turnos ni estar de día libre o de vacaciones porque corrieron hacia los hospitales a colaborar.

A esos taxistas que de manera totalmente altruista trasladaron tanto a los heridos como a los familiares a los diversos hospitales y puntos de información principales de la ciudad.

A esos hosteleros que en el día más grande de Galicia y con casi un lleno absoluto consiguieron ofertar de manera gratuita 150 camas para los familiares de heridos y fallecidos.

A Cruz Roja y a su equipo de psicólogos de intervención en crisis así como a los psicólogos voluntarios que ayudaron conteniendo, acompañando, intermediando en las malas noticias... para intentar hacer que lo terrible lo fuera un poco menos.

A esos pacientes ingresados en los hospitales que solicitaron altas voluntarias para ceder sus camas a los damnificados por el accidente ferroviario.

A los donantes de sangre que colapsaron los dispositivos habilitados para intentar que hubiese un banco de sangre suficiente para una catástrofe de tal magnitud cosa que lograron con creces.

A la monarquía, políticos... porque era el día de estar y de estar unidos y lo hicieron sin politizar nada y acercándose al pueblo.

Como seguro que me olvido de mucha gente en este agradecimiento, me gustaría que todo aquel que ayudó de una manera u otra haga suyas mis palabras... Incluso tú, si tú, el que me está leyendo porque estoy seguro de que si hubieses podido, hubieses hecho lo mismo. Estoy convencido de que ese día lloraste y te emocionaste con la tragedia, te sentiste frustrado por no poder hacer nada más, mandaste todo el ánimo del mundo a los enfermos y a sus familiares, y en definitiva, tu corazón o, al menos, un trocito de él estuvo con nosotros, con el pueblo gallego así que GRACIAS ¡MUCHAS GRACIAS A TODOS!

Y dicho esto, me pregunto ahora si es posible pasar página, olvidar algo así, seguir con tu vida... y lo cierto es que aunque es posible, no es fácil. Parece que desde pequeños la sociedad en la que vivimos nos enseña a evita el dolor, a huir de él lo más lejos que nos sea posible, a pasar página e intentar olvidar lo malo como si así dejara de existir y esto, es en mi opinión un gran error. El dolor, la tristeza y la pena son estados y/o emociones que irremediablemente y aunque nos neguemos a ello, nos tocará vivir y, debemos por tanto, estar preparados para ello.

Ante un malestar emocional tan intenso como el descrito no hay pastilla, ni terapia, ni remedio que nos haga que lo sucedido no nos duela. Pueden en tal caso paliarlo un poco, aliviarlo, enmascararlo... pero lo que suele pasar es que cuanto más huimos de él con más fuerza reaparece.

Debemos saber que hay un proceso natural llamado duelo que tenemos que pasar sí o sí y solo mirando el dolor de frente y pasando sus diferentes etapas (negación, enfado y/o indiferencia, negociación, dolor emocional y aceptación) podremos elaborar nuestro sufrimiento de una manera adecuada que nos permita seguir con nuestra vida futura sin desarrollar patologías de más difícil solución (ansiedad, depresión estrés postraumático...).

En definitiva, solo teniendo claro que el dolor es solo eso, un dolor que pasará, podremos afrontar este tipo de situaciones aceptándolas como experiencias vitales que nos ha tocado vivir y que aunque duelan, también nos ayudarán a formarnos como persona y, sobre todo, a... crecer.

Dicen que una despedida es necesaria para volver a reencontrarse así que un servidor ya se despide por hoy no con un adiós sino con un hasta la próxima. Mientras... sed felices.



 

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