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Articulo escrito por: Diego Ortega @guito_rmo

Tipo: Psicología

Amores que matan




Han pasado ya 6 años y ha conseguido salir del infierno pero Jimena sigue experimentando terror como si fuera ayer. Durante 10 años estuvo casada con un hombre que la asfixiaba hasta dejarla sin sentido, la obligaba a drogarse, la violaba y la amenazaba con matarla. Sin saberlo, había dado el sí quiero a un terrorista que casualmente era su marido.

Hablando con ella le viene la imagen de un domingo años atrás en el que su marido antes de irse a dar un paseo le dijo: “te amo más que a nada en este mundo”. A su vuelta la levantó a la fuerza del sofá y la estranguló hasta que perdió el conocimiento. Cuando lo recuperó se encontraba sobre el césped, delante de casa. Podía haber muerto. Como la violencia era fortuita, la pobre Jimena rara vez podía hacer algo más que intentar esquivar los golpes.

Cuando no la asfixiaba, la golpeaba contra la pared una y otra vez hasta que era incapaz de levantarse. También la forzaba sexualmente pero sus peores recuerdos son los de cuando la obligaba a quedarse quieta y la destrozaba con la palabra: “Zorra, no vales para nada, eres una mierda...” le decía.

Jimena no le explicó a nadie por lo que estaba pasando puesto que sus familiares y amigos vivían lejos y además, tenía miedo de que no la creyeran o no quisieran ayudarla. Tampoco trabajaba, ya que “cuando alguien te apunta con una pistola y te dice que no te vas a poner a trabajar, no buscas trabajo”, dice ella.

Además de por la falta de dinero y por encontrarse sola con el problema ella reconoce que su mayor temor era y sigue siendo el que la mate.

Este podría ser un caso tipo de una de las mayores lacras de nuestra sociedad actual, la “violencia doméstica”, término mucho más correcto en mi opinión que el de violencia de género o violencia machista. Puntualizaciones gramaticales al margen, diría que una buena definición del maltrato doméstico sería la de “agresiones físicas, psíquicas, sexuales o de otra índole, llevadas a cabo reiteradamente por parte de un familiar (habitualmente el marido) y que causan daño físico y/o psíquico y vulneran la libertad de la otra persona”.

Con la violencia física el agresor buscará el control, el sometimiento y la instigación del miedo mientras que con la psicológica, la destrucción de la autoimagen de la víctima viéndose así gravemente afectadas su autoestima y concepto de sí misma.

Han sido muchos los estudios que han intentado establecer un perfil al uso del maltratador y, entre otros, los rasgos principales que les atribuyen son los siguientes:

- Varón de entre 40 y 45 años, casado y con hijos aunque es cierto que cada vez más a menudo las situaciones de violencia familiar se dan a edades mucho más tempranas.
- Su nivel socioeconómico suele ser medio-bajo aunque sea un hecho que el maltrato está presente en todas las clases sociales.
- A pesar de que exista una tendencia natural a repetir los patrones de crianza, hay que decir que únicamente entre un 18-30% de los adultos que han sido víctimas de maltrato en la niñez o en la adolescencia evolucionarán repitiendo este tipo de patrones desadaptados (se destierra, por tanto, el mito de la cadena transgeneracional de la violencia).
- La mayoría poseen creencias equivocadas sobre los roles sexuales y la legitimación de la violencia.
- No suelen presentar trastornos psicopatológicos aunque en distintos trabajos se concluye que el hombre maltratador, en comparación con la población normal, se muestra como más ansioso, depresivo, dominante, hostil, posesivo y celoso.
- Los maltratadores suelen inhibir sus sentimientos y emociones, padeciendo lo que conocemos como “analfabetismo emocional”. Es decir, presentan problemas para establecer relaciones de amistad profunda además de una baja autoestima.
- El consumo abusivo de alcohol o drogas no es suficiente para explicar este tipo de violencia aunque sí es cierto que entre los sujetos alcohólicos se da con frecuencia personalidad antisocial y depresión y no es extraño, encontrar una asociación de estos trastornos con los malos tratos.

Fue Walker quien descubre que en todos estos casos existe un ciclo de violencia típico que se repite de manera circular y que consta de tres fases diferenciadas:

- La 1ª fase se caracteriza por la acumulación de tensión: Se dan cambios repentinos en el ánimo del agresor que comienza a reaccionar negativamente ante lo que él considera la negación de sus deseos, provocación o molestia. Esta fase puede durar desde días a años y se caracteriza por ser una “guerra de desgaste” en la que no se pasa nunca a una violencia física.
- En la 2ª fase tiene lugar la descarga de la violencia física: Es la más corta de las tres etapas y consiste en la suelta incontrolada de las tensiones acumuladas durante la primera fase. Después, el agresor se da cuenta de la gravedad de lo que ha hecho dándose un shock que incluye la negación, justificación o minimización de los hechos.
- La 3ª fase es el arrepentimiento: Aquí el maltratador tratará de reparar el daño causado mediante promesas y muestras de arrepentimiento. Esta fase se va diluyendo gradualmente y la tensión se irá incrementando lentamente para volver a repetirse de nuevo el ciclo.

En este ciclo se dan además tres características importantes que nos van a ayudar a comprender mejor el crecimiento exponencial de los episodios violentos ya que una vez que el ciclo empieza, solo puede empeorar:

- Cuantas más veces se completa el ciclo menos tiempo se necesita para volver a completarse.
- La intensidad y severidad de la violencia se van incrementando de modo progresivo en el tiempo.
- La tercera fase tiende a hacerse más corta en el tiempo pudiendo desaparecer.

Son muchas las causas que hacen que los episodios violentos se mantengan en el tiempo. El maltratador por un lado suele emplear de modo frecuente excusas irracionales para justificar su conducta agresiva en el hogar tales como el utilitarismo (“solo de este modo hace lo que deseo”), la justificación (“fue ella quién me provocó”), el arrebato (“en ese momento no me di cuenta de lo que hacía”) o incluso el olvido (“ni me acuerdo de lo que hice”) y la víctima al no marcharse de una relación de la que suele ser física, económica y psicológicamente prisionera no hace más que alargar el sufrimiento.

Y la gran pregunta que se escucha a menudo en la opinión pública ante cualquier caso de violencia doméstica es la de ¿por qué no huyen? y a ella intentaré responder a continuación. Pues bien, aunque la huida ante la menor señal de peligro y/o amenaza es algo innato, lo cierto es que la gran mayoría de mujeres maltratadas han sido aisladas por sus parejas, que en un intento de controlarlas y hacer que sean más dependientes, las privan del contacto con la familia y los amigos o se niegan a que trabajen. Cuando hay niños de por medio la mujer económicamente dependiente tiene a menudo que escoger entre quedarse y que le peguen o escaparse, abandonando a sus hijos. No es infrecuente además que el hombre que maltrata la amenace con llevarse a los niños. Les suelen decir “si me dejas, te llevaré ante los tribunales y probaré que eres una mala madre” y ella le cree porque siempre le ha oído decir que es una mala madre. Con frecuencia es el vapuleo psicológico lo que hace que la mujer sea incapaz de irse. Muchas mujeres realmente llegan a pensar que en cierto modo no son suficientemente buenas, y que si lo fuesen él no tendría que hacerles eso.

El gran error reside en mi modesta opinión, en perdonar el primer episodio violento. Aunque se prefiera pensar que ha sido algo puntual asociado a que ha perdido su trabajo, a una mala racha, a un día para olvidar que no se repetirá nunca puesto que él está muy arrepentido, te ama y sois muy felices, lo cierto es que tras encenderse la mecha, tristemente viene el resto del espectáculo pirotécnico con un final casi siempre demasiado trágico.

Para ser justo, es de recibo que comente que de un tiempo a esta parte se está fomentando desde las instituciones la implantación de programas de intervención psicológica para los maltratadores. Primero, porque el agresor a pesar de ser considerado un delincuente tiene todo el derecho del mundo a ser rehabilitado y resocializado y, segundo porque aunque trastorno psicológico y conducta agresiva no van tan unidos en este tipo de casos, sí es cierto que los maltratadores “fallan” sobre todo en ciertas áreas en las que sí podrían recibir psicoterapia: pobre control de impulsos, carencias emocionales e insuficiencia de habilidades sociales y de solución de problemas. Esto se completa con problemas de abuso de alcohol y un determinado sistema de creencias y actitudes hostiles disfuncionales que sí deberían ser tratadas.

Dicho esto y hasta que los agresores reciban el tratamiento adecuado, me gustaría acabar el artículo diciendo que aunque a menudo, si la mujer se enfrenta a la elección de permanecer y que le peguen o marcharse y que la maten, quedarse y que le peguen es la decisión más racional, es un hecho el de que el único modo eficaz de romper el círculo de violencia es escapar y lo mejor que puede hacer es irse, y cuanto más lejos, mejor.
Esperando que este artículo les haya servido para comprender cómo germina una situación de maltrato en el seno familiar y porqué es tan normal que se perpetúe en el tiempo siendo harto complicado erradicarlo, voy a ir terminando que seguro que lo están deseando por la extensión del mismo.
Dicen que una despedida es necesaria para volver a reencontrarse así que un servidor ya se despide por hoy no con un adiós sino con un hasta la próxima. Mientras, procuren no ser tan infelices como nuestra Jimena.


 

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